Caos en los banquillos: el fútbol se devora a sus propios entrenadores
La avalancha de destituciones en la categoría es alarmante. José Juan Romero, técnico del Ceuta, no se anda con rodeos: ‘Si hablo de verdad, podría dejar de entrenar’. Y no es una exageración.
Un perfil inestable y una industria ciega
Romero, con su característico tono crítico, ha desgranado las 17 destituciones hasta la fecha, apuntando a una raíz preocupante: el perfil de aquellos que toman las decisiones en los despachos. ‘Está entrando en el fútbol mucha gente que no tiene ni idea’, sentencia el preparador sevillano, desvelando una desconexión alarmante entre la estrategia y la ejecución. El problema, según él, no es la falta de resultados, sino la incapacidad de abordar la planificación y la gestión diaria con la seriedad que requiere.
La figura del entrenador se ha convertido en un chivo expiatorio, una víctima fácil de culpar por errores que, a menudo, se originan en una falta de visión a largo plazo. Nadie se plantea si el proyecto deportivo era viable desde el principio, si los recursos estaban asignados correctamente o si la comunicación entre los diferentes departamentos era efectiva. La prensa se alimenta de la crisis, los aficionados exigen soluciones inmediatas y la directiva, en su afán por aparentar autoridad, busca un salvador que, invariablemente, termina siendo despedido.
Romero, con una metáfora contundente, describe la profesión como un ‘desfase’ y un círculo de incertidumbre constante. ‘Le digo a mis hijos que no se muevan de Sevilla, y que es mejor no tener las maletas preparadas’, confiesa, revelando la dura realidad que acecha tras las fachadas de glamour del fútbol profesional. La estabilidad, en este entorno, es una quimera, una ilusión que solo unos pocos clubes, aquellos que se atreven a ‘aguantar a sus entrenadores’, pueden permitirse.

Más allá de las estadísticas: la humanidad del entrenador
Pero el impacto de esta precariedad va más allá de los números. Romero denuncia la gestión emocional y logística que implica esta inestabilidad para las familias de los profesionales. ‘Es un desfase’, insiste, describiendo el estrés y la ansiedad que generan la incertidumbre constante y la falta de garantías. La profesión, en su conjunto, se ha convertido en un peligro para la salud mental de los entrenadores y sus seres queridos. Y no es para menos: la tasa de desempleo entre los preparadores es brutal, una realidad que pocos quieren reconocer.
Romero, lejos de caer en la frialdad de las estadísticas, ofrece un mensaje de solidaridad. Aunque reconoce que, en ocasiones, un cambio de aires es ‘obligado’, enviando un claro apoyo a todos los que han perdido su empleo este año. Y, con una pizca de ironía, bromea con su futuro: ‘algún día volveré a Gerena y seré presidente, y seré de los que aguante a los entrenadores’. Es una promesa, una declaración de intenciones que refleja su compromiso con un fútbol que, a menudo, parece estar al borde del abismo.
El preparador del conjunto africano concluye con una reflexión amarga: ‘En este circo de los banquillos, ninguno estamos libres de que nos toque algún día’. Una frase que resume la desolación y la frustración de una profesión que, paradójicamente, exige pasión, entrega y sacrificio.
